
La emoción de las palabras varía según la vivencia de cada uno. Si esta vivencia tiene connotaciones afines al grupo que pertenecemos, suscita la aprobación y el ego queda reforzado. Si la emoción de estas palabras carece de argumento propio y se basa en negar el valor de los demás. Lo que construimos con nuestra emocionada aprobación es el vacio complaciente y efímero de un monologo grupal…
Las vivencias personales son diferentes y tienen valor especial para cada uno de nosotros, porque todos interpretamos la realidad desde el ego emocional de cada uno. Afirmar este valor sin negar el valor del otro, que también es especial, denota que tenemos vida propia; que somos libres, y responsables creativos de nuestras emociones; y que estamos dispuestos a compartirlas. Cuando esto ocurre, empieza el dialogo con los demás; porque respetar, entender y aceptar al otro, valorando los motivos de su emocionada opinión no pone en peligro nuestro ego, sino que actualiza nuestro valor…
Entender la vivencia personal del otro y los otros, implica: estar dispuesto a ampliar nuestra visión y darnos cuenta, de la belleza de las diferentes connotaciones emocionales que llevan las palabras, según quien las pronuncie. Saber conjugar y matizar el significado en cada situación, es un modo de construir calidad de vida dentro y fuera de nosotros.
La emoción que volcamos en las palabras, es parte de la esencia vital de individuos y grupos sociales. El intercambio respetuoso de esta esencia no solo multiplica las posibilidades de esta herramienta que articula nuestro lenguaje sino que genera, valor, belleza y armonía vital a nuestras relaciones.